FOOTING POR EL PARQUE, UNA TARDE CUALQUIERA
Los médicos aconsejan la práctica moderada, cabal y sobre
todo con sentido común del ejercicio físico. No vale por tanto,
si hacemos caso a sus consejos, que traslademos, inundándolo,
al parque nuestras fobias o desaciertos mentales.
Así, las cintas de colores fluorescentes, al estilo animadora de
instituto, no son válidas, y más teniendo en cuenta que rodean
cabezas generalmente grandes y sobre todo sin ningún atisbo
de pelo.
Al principio de mi carrera, me refiero al comienzo de mi afición
por el footing, cuando pasaban junto a mí, la cinta o diadema
unida a una cabeza, no salía de mi asombro. ¿Qué función po-
día tener llevar un objeto sin aparente, a primera vista, uso al-
guno? …¿Estético? …Mi mujer, cómo no, me ofreció una pista:
“quizá sea útil para recoger el sudor que resbala desde la ca-
beza”. A partir de ese momento, mi curiosidad, como tantas
veces me ocurre, me abandonó a mitad del camino. Dejó de
interesarme. Por mucho que el azar me tentara delatando an-
te mi nuevos modelos hortera de cintas, todo era ya inútil. Me
conozco. Si tomo una decisión se convierte en inevitable. Borré
las cintas de mi cabeza para siempre.
Tampoco es válido que el día mundial de la bicicleta se celebre
cada fin de semana, y a veces, en días anteriores, el ensayo
general de “Jornadas abiertas de velocidad en el parque. Par-
ticipa, sobre todo tú, descerebrado”.
Este mensaje situado en un contexto inadecuado, es decir en
mentes pocos equilibradas, parece ofrecerles carta blanca para
toda una suerte de virguerías circense y suicida velocidad.
Cuando llega el fin de semana tengo dos opciones: disfrutar co-
mo espectador de un día en las carreras, o llegar casi de ma-
drugada y cansarme de la madrugada.
Tampoco vale que el parque sea distinguido como la mejor pe-
rrera municipal por aquellos que tienen perros.
Me avergüenzo de no soportar a los perros. Quizá la culpa no
la tenga yo. Ellos, los perros, han intentado, a lo largo de mi vi-
da, morderme en varias ocasiones. No lo han conseguido. Psi-
cológicamente sí, claro. Soy humano, me dejan heridas las ma-
las experiencias.
Sangro fobia hacia ellos. Ya he dicho que me avergüenzo. Pero
verlos pasar a mi lado, sin bozal, y con cara, hasta el caniche
más insignificante, de asesino en serie, me altera.
Para sortear excrementos he desarrollado una habilidad elogia-
ble, soy de los pocos habituales del parque que llegan a casa sin
pisarlos. Mi instinto de supervivencia ha desarrollado un radar
para todo aquello que tenga que ver con la especie canina. Los
huelo y los oigo sin verlos, Sé la situación exacta de cada uno
de ellos en el parque. No me cogerán desprevenido. Espero
TEOLOGÍAS
Hace 1 semana