viernes, 27 de noviembre de 2009

ESCRIBIR

Escribir
sí, pero sin testigos.

Escribir
de arriba hacia abajo, sobre todo
sin nombres, apenas mayúsculas.

Escribir
con la infidelidad de un médico que
abandona a sus pacientes a una muerte
sin dolor,

Escribir
y que por unos segundos,
lo que dura el poema,
el mundo se acabe.

Escribir
para que todos tengamos
el mismo nombre impronunciable.

Escribir
para nacer en un oasis
de sombras desconocidas.

Escribir
sin oportunidad
de hacer otra cosa.

sábado, 21 de noviembre de 2009

FRAGMENTO (II)


Áquel de allí se parece a mi hermano. Es casi perfecto, doble de
mi conciencia, fugaz, a la interperie, condenado. De frente se
parece a mi madre, sus manos, sus ojos, incluso ahora, que ya
no es, le veo en la acera que me inundará. Los recuerdos son
símbolos de imágenes que no podemos cargar. Parece más
joven. No debe haber cumplido aún los treinta años. Me mira.
Me ha reconocido. Se estará preguntando que hago solo y tan
despierto. Si me habla le hablaré de lo que nunca quiso. Le
dolerá. Lo sé. A mí también, pero es mi última oportunidad.
Comenzaré preguntándole por las noches que nuestra madre
no durmió, esperando una llamada, para oír la tregua de su voz.
Horas y horas sin poder respirar, apenas un vacío sentado en
una silla. ¿Qué me contestará? Apostaría que no querrá hablar
de ello. Pero no se saldrá con la suya. Insisteré. Necesito que
me explique qué le obligaba a ocultarse. Si me convence me
convertiré en su cómplice. Si por el contrario se limita a
recordar las amenazas, que nosotros nunca vimos, no me hará
perder el tiempo. Le dejaré marchar. No, mejor me irè con él.
Ya una vez desapareció sin mí. No puedo volver a consentirlo.
Fuímos uno y así para siempre. Qué tarda en llegar. Me vuelvo
a fijar en su cara, ha envejecido rápidamente Incluso veo en
ella arrugas. Debe de tener más de cincuenta años. Seguro. Ha
retrocedido en la fila. Ya no ocupa la primera. ¿Se esconde
entre la multitud. ¿Por qué lo hace? ¿No quiere encontrarse
conmigo? Parece claro que no me perdonó. Lo comprendo.
Tampoco yo lo habría hecho. Tengo que memorizar el color de
la camisa que lleva, también el de su pantalón. Prometo no
olvidarlo. Ojalá pase de los últimos; cuando ya mis bolsillos
estén llenos de monedas. Nos marcharemos juntos y jamás
volveré a pedir limosnas.

martes, 17 de noviembre de 2009

VAGABUNDOS
 
Los años que tienen inundan, como enfermedad, sus

caras arrugadas por el paso del tiempo,
desequilibradas por la suma de penalidades que se
abatieron sin compasión sobre ellos.
Los mendigos tienen algo en común, parece que

la juventud les pasó de largo sin detenerse apenas
unos breves momentos.

De niño, al verlos pasar, arrastrando la pesada carga

de sus vidas, me alejaba temeroso, sobre todo de
sus miradas casi siempre sin sentido, a veces de una
dureza que nunca antes visto; pero en ellas, sobre
todo, jamás nadie podía adivinar emoción alguna, o
de complicidad fuera de su frontera física;
silenciosas miradas cargadas de deudas que no

podían pagar, y lo que es peor, nadie pagaría por
ellos. Pero algo me atraía irremediablemente de sus
figuras sin saber que podía ser. Ahora, pasados los
años, creo saberlo: los vagabundos parecen
espectadores de la vida que ven pasar sin participar
de ninguno de sus espectáculos. Pero no, lo que

realmente son es espectadores de sí mismos. Nada
de lo que pasa fuera de ellos tiene interés, nada
merece la pena porque nada existe y lo saben. Para
que preocuparse por la vida si esta no lo hace por
nadie. Sí, estoy seguro, todos los vagabundos
dimiten de todo lo que no sea mirar hacia dentro
de sí mismos.

Más tarde, con el paso de los años, de tanto mirarse

muchos acaban equivocados de razón, otros tantos,
enfermos por tantos ruidos en su silencios, y el
resto naufraga en sudor de un reloj etílico que
compran a plazos. Pero ninguno se queja, la queja
pueda confundirse con un paso hacia una amnistía,
¿y quién quiere salir de una cárcel que por barrotes

tiene manos y por puerta de salida los píes?
 
 







viernes, 6 de noviembre de 2009

IGUALES
 

 


Muda igual que la mía,
pelo de mi misma raíz incorregible;
de límite no imitado sino exacto;
sus ojos miraban, sin ayuda, con los míos,
cada estancia que yo habitaba
me esperaban sus pasos.
Para cada minuto de hambre una solitaria cuchara;
de postre el mejor beso.
Fuimos por el aire un solo cuerpo,
construido en pedazos aproximados.
Para irse escogió la primera lección;
yo, con dedos lastimados, le miraba alejarse,
no supe ver que su distancia se comportaría
como frontera sin sitio.
Él empezó a hablar un idioma extraño, domado,
sin quejas; tampoco lágrimas, ni hermanos que
le hablasen.
Llegaron años que nadie quiso, con meses
que no se cumplieron.
Y por cada vaso lleno, un desgobierno
por testigo,
fría ropa con otras medidas empeñadas.
El fin del trayecto fue una despedida
que hizo solo suya.
Tan enfermo siento que no consigo que aquel día acabe.
Sus manos sin las mías ¿dònde estaba yo?.
Mi corazón, de intacta mitad, está desperdigado
en días que no puedo ver.
¿Qué quiere decir el recuerdo que ya no está
sino que se repite?
¿Qué puedo hacer sin mi otra mitad viviendo?
 

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