MUJER DE UN SOLO VESTIDO
Siempre la conocí en la calle, mendigando, con el mismo
vestido, tan solitario como ella. ¿Edad? No tenia, al menos
yo no supe distinguirla. Se acercaba mirándome tan despa-
cio como una sùplica. Sin palabras, no hacía falta. Las pala-
bras muchas veces engañan al oído con sonidos que nadie
entiende. Yo le acercaba a su mano, pequeña, deformada
por no haber tenido jamás descanso, unas monedas. Después
se alejaba sin verme. Si alguna vez le preguntaran por mí res-
pondería no haberme visto nunca. De mí solo vio las sombras
de unas monedas.
A veces desaparecía durante semanas para reaparecer a la
misma hora del mismo día?. Supongo que sí. Ella se repetía,
yo me repetía. Sí, los días no cambian nunca, son los mismos
si iguales son los actos, ella esperaba mis monedas y yo su
mano gastada.
Supe que era madre, y que al menos un hijo no dejaba de sa-
lir y entrar de la cárcel: y que un marido ya no estaba con ella,
y que jamás tenía frío, -el mismo vestido de siempre le servía
como piel para el verano y el invierno-. Jamás una queja, su-
pongo que nadie le había enseñado a hacerlo, o no tenía tiem-
po, o sabía que una queja es algo más que un mal recuerdo.
Hoy ya no sale a mi encuentro desde su oscuridad, al menos
ya no la veo. Me pregunto si ando por las mismas calles, si
llevo monedas que a ella le sirvan, si mis ojos se han acostum-
rados a la oscuridad y no distingue cuerpo distinto al mío.
No temo por su vida, dejó de tenerla casi desde el principio.
TEOLOGÍAS
Hace 1 semana

