martes, 22 de septiembre de 2009

JACINTA Y LA JUSTICIA

Estar en un lugar equivocado en una hora que no te esperan,
y para colmo y desventura definitiva, que un juez te vea
en esa situación, y te llames Jacinta, y midas 1,50 metros de
estatura, y peses 80 kg, casi todos de sobre peso, y no lleves
armas-para despistar-, y no sabes idiomas, lo llevas claro. Na-
die, sin utilizar artimañas mentales, puede dudar que una per-
sona así no es capaz de secuestrar a seis policías de élite,
jóvenes, apenas armados hasta los dientes.
Ella, Jacinta, de astucia provocadora, se disfrazó de baja
estatura, con kilos de más, y para desgracia de los seis poli-
cías, aprovechó sus espaldas desprevenidas y se los cepilló
en un pis-pas(aclaro que cuando digo se los cepilló no quiero
decir que fueran violados frenéticamente. No, que no. Faltaría
más. Lo podría haber hecho, aprovechando su superioridad, per-
fectamente. Pero no, Jacinta se conformó con secuestrarlos.
Entre sus modos canallas, al parecer no figura el de violar a
policías).
Pero puede alguien pensar que el mal triunfe si un juez pasa por
allí, y en décimas de segundos, las que necesita para visionar
un vídeo, y decir:" Tate...tate...tate". Suficiente. El juez,
después decir tres veces tate, mandó encarcelar a Jacinta (ella
si pasaba por allí) Y tan pancho.
Ahora, meses después, el juez es víctima de una cacicada polí-
tica,- la presión mediática le obliga a ponerla en libertad. Este
no sale de su asombro:¡Dejar en libertad a tan peligrosa delin-
cuente! Los policias, desde entonces se encuentran acuartela-
dos, temerosos de pisar la calle y estar a la intemperie de los ca-
prichos maquiavélicos de Jacinta.
En fin, el juez a pesar de tan funestos avatares no piensa dimitir.
Tampoco se lo han pedido, no serviría de nada.

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