domingo, 24 de enero de 2010

LA VOZ

Aquella voz le volvía a llamar. No respondería ¿Para qué? Ya era suya.
La primera vez que la oyó fue el día anterior al del siniestro. Estaba
en la cama; despierto, pero tan cansado que sentía su cuerpo dormir.
El domingo y el lunes eran el mismo día. Sin paisajes. Sin metas.
Cuerpos conocidos lejos de sus brazos. Y de pronto aquella voz que
le miraba: insalvable, oculta, hermosa como un suspiro. Cerró los
ojos. Su instinto le avisaba que el futuro era un don que ya no
podría hacer crecer. Ni pedirlo prestado.

Y la voz, finalmente, se acercó para tocarle.

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