VAGABUNDOS
Los años que tienen inundan, como enfermedad, sus
caras arrugadas por el paso del tiempo,
desequilibradas por la suma de penalidades que se
abatieron sin compasión sobre ellos.
Los mendigos tienen algo en común, parece que
la juventud les pasó de largo sin detenerse apenas
unos breves momentos.
De niño, al verlos pasar, arrastrando la pesada carga
de sus vidas, me alejaba temeroso, sobre todo de
sus miradas casi siempre sin sentido, a veces de una
dureza que nunca antes visto; pero en ellas, sobre
todo, jamás nadie podía adivinar emoción alguna, o
de complicidad fuera de su frontera física;
silenciosas miradas cargadas de deudas que no
podían pagar, y lo que es peor, nadie pagaría por
ellos. Pero algo me atraía irremediablemente de sus
figuras sin saber que podía ser. Ahora, pasados los
años, creo saberlo: los vagabundos parecen
espectadores de la vida que ven pasar sin participar
de ninguno de sus espectáculos. Pero no, lo que
realmente son es espectadores de sí mismos. Nada
de lo que pasa fuera de ellos tiene interés, nada
merece la pena porque nada existe y lo saben. Para
que preocuparse por la vida si esta no lo hace por
nadie. Sí, estoy seguro, todos los vagabundos
dimiten de todo lo que no sea mirar hacia dentro
de sí mismos.
Más tarde, con el paso de los años, de tanto mirarse
muchos acaban equivocados de razón, otros tantos,
enfermos por tantos ruidos en su silencios, y el
resto naufraga en sudor de un reloj etílico que
compran a plazos. Pero ninguno se queja, la queja
pueda confundirse con un paso hacia una amnistía,
¿y quién quiere salir de una cárcel que por barrotes
tiene manos y por puerta de salida los píes?
TEOLOGÍAS
Hace 1 semana
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